martes, 10 de agosto de 2010

GALICIA PLURILINGÜISH - Febrero 2010

¡Jo! ¡Qué suerte! ¡Es supermegaguay y requetequetechupi!
Resulta que los jóvenes del futuro no serán monolingües. Ni siquiera bilingües. TRILINGÜES. ¡Ahí es ná! Y todo ello por obra y gracia del nuevo decreto que nuestra nunca bien ponderada Xunta de Galicia publicará lo antes posible (ya se sabe que, puestos a gobernar a golpe de decretazo, lo mejor es hacerlo con la máxima celeridad y cuando los coles están de vacaciones, no sea que a alguien le dé tiempo de pensar y oponerse…) para poner orden en el caos lingüístico que se vive en los centros educativos en la actualidad.
Y es que resulta que con el actual decreto que regula el uso del gallego en las aulas (ese que el Parlamento aprobó por unanimidad en 2007), se da la insostenible circunstancia de que los niños y niñas de aquí tienen que estudiar en la lengua de… aquí (¡habrase visto incongruencia al paso!). Y así se produce una situación de inmersión lingüística que no se puede consentir (salvo cuando enviamos a nuestros hijos a estudiar inglés al extranjero buscando precisamente esa inmersión). Y es que es demasiado.
Primero, gallego en clase: el profe habla en gallego, los libros están en gallego, las respuestas las tienen que dar los chicos en… bueno, ahí ya cada uno…
Luego llegas a casa, pones la tele, y resulta que la mayoría de los canales emiten en… En fin, sigamos.
Decides a leer el periódico, o una revista, y oye, para encontrar una en castellano… no tienes más que alargar la mano. Mientras tanto, si quieres prensa en gallego… Vale, no la ves porque la esconden detrás de la otra, pero está ahí.
Enciendes la radio, haces viajar la aguja del dial (uno es ya, para estos tiempos, un poco antiguo) y lo único que oyes es hablar en esa lengua discriminada a pesar de Cervantes, en tanto que en gallego tienes por lo menos… algunas emisiones.
Vas al cine. Y como las películas son mayoritariamente extranjeras, hay que doblarlas, que aquí lo de los idiomas se nos da muy mal (alguien tendrá que explicar por qué después de pasarse al menos seis cursos estudiando inglés, un chico que termina el bachillerato no es capaz de hablarlo ni entenderlo), y es mejor doblar las “pelis” al… ¿castellano?
Es lo mismo. El caso es que con el gallego, ya se sabe, no se va a ninguna parte. Y que se anden con mucho ojito los suecos, noruegos, daneses, finlandeses y hablantes de esas pequeñas lenguas, que con esto de la UE, lo mismo desde esta esquina de la piel de toro les lanzamos un decreto a los morros para que estudien en sueco, noruego, danés, finlandés, inglés y chino (que esa sí que es una lengua en la que se puede hablar con mucha gente…)
Bueno… En fin… Lo mejor de todo casi es que los papás podremos elegir libremente la lengua en la que queremos que se eduque a nuestros retoños (ya ven qué triste: nos preocupa más en qué lengua aprenden en el cole que lo que aprenden en él, en casa y en la calle…). Así, si la mayoría de los padres de los alumnos de un curso quiere que se enseñe a sus hijos en castellano, aunque sólo sea por una diferencia de un voto, todos serán enseñados en castellano. Y es que ahí, la libertad para elegir la lengua en la que la minoría quiere que se eduque a sus hijos no cuenta. Y esa elección valdrá por cuatro años, con lo que esa libertad con la que se les llena la boca, dejará de existir para los papás y mamás de los chiquitines que se incorporen a lo largo de los tres siguientes cursos. Pero, ¡qué más da! Un puñado de votos bien vale el sacrificio…
Por cierto que les cuento una confidencia de fuentes muy bien informadas (léase in-formadas=no-formadas): Por lo visto la Consellería de Cultura está estudiando convertir en Galicia en un país pluricultural, por lo que está elaborando las bases para un decreto que regule la cultura gallega. Así, por ejemplo, se contemplará que en el Antroido los menús deberán estar compuestos en una tercera parte por lacón con grelos, otra tercera parte a elegir por los comensales entre cocido madrileño o tortilla española, y el tercio restante conformará el postre, en el que deberán sustituirse las insípidas y limitadas filloas por unos ricos crêpes rellenos de mantequilla de cacahuete. De verdad de la buena.
¡Ah! Por cierto. Escribo en castellano porque me da la gana.

SOBRE VER Y HACER - Mayo 2010

“A donde fueres, haz lo que vieres”.
Este es uno de los argumentos (tan discutible como el resto) que utilizan aquellos que se oponen al uso en las aulas del llamado “velo islámico”. Y, al igual que ocurre con todos los otros argumentos que esgrimen quienes quieren justificar su oposición, lo manejan como si fuese una verdad evidente e indudable. Incluso podrían encontrar apoyo en reconocidos filósofos que en el mundo han sido, como nuestro viejo amigo Descartes, quien propone ese principio como una de las normas de su moral provisional. Claro que aquí lo importante es el adjetivo: provisional, es decir, aceptado como válido para una circunstancia concreta, a la espera de poder disponer de una moral racionalmente fundamentada. Vamos, que lo que Descartes venía a decir era: como quiero llegar a poder guiar mi conducta según unas normas morales de cuya validez y veracidad no se pueda dudar, mientras no llegue a descubrir esas normas, me dejaré conducir por ésta (entre otras, claro).
Más allá de lo que diga Descartes o quién sea, lo que parece claro (a mí al menos) es que más que una norma moral de validez universal, ese “a donde fueres, haz lo que vieres” no parece ser más que un buen consejo práctico para la convivencia que, por supuesto tiene sus límites. Porque si lo que yo viere adonde fuere perjudicare o causare sufrimiento a otros, a lo mejor yo debiere inhibirme de hacer lo que viere allá donde fuere (creo que me he complicado un poco la vida con los verbos, pero es lo que hay…).
Ahora bien, como todo consejo (bueno o malo), esconde una intención. Y, ¿cuál es la intención que esconde éste en concreto? Pues creo yo que el interés extremo que la sociedad (así, en abstracto) tiene por “aborregarnos”, por absorver la diferencia, por normalizar lo minoritario (entendido como lo “no mayoritario”).
Y, aunque todo esto que les expongo, viene a cuento del asuntillo del “velo islámico” (¿por qué al pañuelo con el que mi abuela se cubría la cabeza no se le llamaba “velo cristiano”? Porque para “escorrentar” el frío no servía…), lo que resulta interesante de la cuestión es que, empezando este del velo con un hecho particular, nos lanza al debate acerca de la integración cultural de los inmigrantes (nos lanza a más debates, si nos ponemos, pero no quiero que piensen de mí que soy un lanzado…).
En ese debate es en dónde aparecen esos otros argumentos peregrinos a los que me refería al principio. Por ejemplo, dice alguien: “Si no les gustan las costumbres de nuestro país, que se vayan al suyo”. ¡Señor, señor!. Incalificable. Además de considerar que eso que se llama “país” (vaya usted a saber a qué se refieren: a un modo de vida, a una extensión territorial, a los hablantes de una lengua determinada,…¿?) es propiedad de alguien, lo que me llama la atención es que este tipo de argumento nos sitúa en la dialéctica del nosotros y el ellos. Y como ustedes, fieles seguidores de esta columnilla, me son muy aplicados, recordarán que en mi anterior colaboración hablábamos de cómo nosotros podemos ser nosotros porque existen unos ellos; y, a su vez, pueden existir unos ellos porque existimos nosotros. ¿Dónde está el problema entonces? En que el nosotros lo colocamos un poquito más arriba que el ellos. Esa dialéctica de la que les hablaba líneas arriba, no es entendida en un plano horizontal (nosotros al lado de ellos), sino vertical (nosotros por encima de ellos).
Al final, a lo que todo esto nos lleva es a la consideración de una virtud fundamental para la convivencia: la tolerancia (con la que tanto se llenan la boca algunos y de la que, por supuesto, les hablaré en detalle en otro momento…). Déjenme que les dé una definición: Tolerar es aceptar lo que podríamos condenar, es permitir lo que podríamos impedir o combatir. O sea, nosotros, que podríamos condenar, aceptamos. Y nosotros, que podríamos impedir, permitimos. ¿De verdad les suena bien?
En fin, que no sé yo si una alumna puede o no puede, debe o no debe, llevar la cabeza cubierta dentro del aula, pero sí sé que ese mismo derecho de hacer ostentación pública de algo que pertenece al ámbito de la moral privada, que algunos pretenden negar ahora, es defendido por los mismos a capa y espada cuando de lo que se trata es de no retirar crucifijos de las aulas (aconfesionales), o de salir en procesión por las calles (públicas) manifestando así la grandeza de nuestra fe (privada).
Sinceramente, me cuesta entenderlo…

CERRADOS POR REFORMAS - Julio 2010

Reforma laboral, reforma del sector energético, reforma del sector financiero, … Parece que , de pronto, los responsables del asunto económico en este nuestro país (y, créanme, no me refiero a nuestros responsables políticos), hayan caído en la cuenta de que aquello que parecía funcionar tan bien (especialmente para su beneficio, el de ellos) ya no sirve (es decir, ya no sirve a su provecho) y, por tanto, se impone una reforma del cotarro a todos los niveles.
Hagan memoria, hagan. En el momento álgido de “la dificilísima situación de crisis económica” que estamos viviendo, se planteó la necesidad de una refundación del capitalismo. Incluso el principal promotor de ese sistema económico (los Estados Unidos de América, ya ve usted) defendía lo inexcusable de esa obligación. De esto hace ya casi dos años y se ve que lo de refundar debe ser una ardua tarea, porque tras algunas reuniones del G20 (ese club para ricos al que pertenecen los que mejor promueven la filosofía del “mientras a mí me vaya bien, a los demás que les vayan dando”), la conclusión es que “bueno, sí, pero tal vez no, o ya ves, qué quieres que te diga, todo es del color del cristal con que se mira, y, bien mirado, refundar, refundar,… tampoco es tan necesario. Lo importante es que parezca que hacemos algo, no que lo hagamos”. Y, así, nos “sugieren” unas cuantas reformas que debemos abordar si no queremos convertirnos en uno de “esos” países así, como Grecia.
Y nosotros, que te somos muy guiadiños, ahí estamos, de reforma. Laboral, claro. No vamos a empezar por las otras, que igual tocamos partes delicadas a personas o corporaciones más delicadas todavía…
Y con ese objetivo, sentamos en una mesa, a negociar (¿es que la reforma laboral puede ser un negocio?) a sindicatos y empresarios. Los unos, rehenes de una ideología (en el sentido de idea que distorsiona la percepción de la realidad) fundamentada en la dialéctica opresor-oprimido que los otros, con su estrecha y corta concepción de “empresa”, alimentan. Sigue el empresariado anclado en la idea decimonónica de que la única responsabilidad de la empresa es la de obtener beneficio económico (no todas y, si no, vean qué empresas resisten la crisis), ignorando (porque es una cuestión de ignorancia, no de otra cosa) la responsabilidad social. Y siguen los sindicatos empeñados en hacernos creer que todo lo que sea bueno para la empresa es malo para el trabajador. Así, ¿cómo van a llegar a ningún acuerdo?
A falta de espacio para profundizar más y exponerles unas cuantas cuestiones relativas a la Responsabilidad Social Corporativa y la Ética Empresarial (a las que prometo dedicar mi próxima colaboración), la conclusión a la que yo llego es la siguiente:
Creo yo que, previa a cualquier otra reforma, debería abordarse la reforma de las cabeciñas de los cabecillas (políticos, empresariales y sindicales). Porque mientras sigan unos pensando que “globalización” quiere decir que TODOS sirvan a mis intereses; mientras continúen convencidos otros de que para que se favorezca la contratación del trabajador que necesito, es indispensable que pueda despedirlo por las bravas, como si fuera un bolígrafo que tiro porque no me gusta el color en el que escribe (es decir, utilizando a las personas como un medio para conseguir un objetivo); y sigan otros sin darse cuenta de que como trabajador me irá tan bien o tan mal como le vaya a la empresa (investiguen, investiguen cómo funcionan los sindicatos por ahí afuera, en esos países de muy al norte, hacia los que dirigimos la mirada como modelo de “bienestar”); mientras todo esto siga siendo así, ya podemos llevar adelante las reformas que sea, que la situación se reproducirá como esa mancha de humedad que pretendemos hacer desaparecer pintando sobre ella.Por eso yo sugiero que mientras llevamos a cabo esa reforma del fondo más que de la forma, a los responsables políticos y a las organizaciones empresariales y sindicales, nosotros, ciudadanos, les colguemos el cartelillo de CERRADOS POR REFORMAS.

SI ES QUE NOS PUEDE LA PEREZA...

Hace un año y medio que prometía volver con energías renovadas... que tan solo duraron el tiempo que tardé en escribir aquella entrada...
Hoy de nuevo hago firme propósito de enmienda y, para comenzar, publico un par de cosillas que están guardadas en el cajón y publicadas en Betanzos e a súa comarca.

viernes, 29 de febrero de 2008

SIGO VIVO

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis meses? ¿Ocho? En cualquier caso, demasiado. Demasiado para una ventana al mundo que pretende estar permanentemente abierta mostrando la vida que se agita tras ella. Demasiado tiempo para una filosofía que tiene la aspiración de estar y ser viva...
Nueva etapa. Nuevo impulso. Nuevas ansias.
La filosofía y un servidor seguimos vivos...

jueves, 26 de abril de 2007

¿Ética y Empresa? ¿Responsabilidad Social de las Empresas?

Según refleja el Cuaderno Forética nº 8: Guía para la Gestión de la Igualdad en las Organizaciones, el constante cambio que caracteriza nuestra sociedad y nuestra economía nos ha conducido a “una economía de servicios fuertemente marcada por las exigencias de la globalización y la alta competitividad del mercado”, globalización que trae consigo el hecho de que las empresas compartan información, materias primas y mercados, lo que a su vez supone la unificación de productos y servicios.
En esta situación, la competitividad de la empresa no puede desligarse de la capacidad que ésta tenga para diferenciarse. Evidentemente, tal diferenciación debe descansar en la aptitud que tenga la empresa para potenciar sus propios valores intangibles, valores que descansan en su propio potencial humano.
Esta capacidad para generar esos valores pasa por la integración de la Responsabilidad Social Corporativa en la gestión corporativa de las empresas.
Gracias, entre otras razones, al espaldarazo institucional recibido por parte de la Unión Europea, que se inciara con el lanzamiento del Libro Verde de la Comisión Europea: Fomentar un marco europeo para la Responsabilidad Social de las Empresas (2001), e impulsado con la sucesiva publicación de distintas comunicaciones sobre el tema, la RSC se ha erigido en una de las tendencias más actuales de la gestión empresarial.
En este sentido, la integración de la Responsabilidad Social Corporativa en la praxis empresarial ha planteado y plantea dilemas morales y conflictos de valores que sugieren la necesidad (o al menos, la relevancia para esa gestión) de contar con la colaboración directa, el consejo o el asesoramiento de “asesores éticos” cuya labor se dirigiría no ya hacia el cómo, sino más bien hacia el por qué de las políticas, estrategias y acciones de la empresa. Tal tarea consistirá más en un proceso de ayuda a la toma de decisiones en la organización que en un producto o decisión concreta, al tiempo que ayudará a la empresa a reflexionar sobre el tipo de procedimientos que está desarrollando.
Así, el experto ético es aquella persona que posee las habilidades y destrezas para desarrollar un cierto tipo de razonamiento, que tiene en sus manos un cuerpo relevante de conocimiento y que está comprometido con la utilización de esas habilidades y conocimientos para valorar los puntos fuertes y débiles de los argumentos y posiciones morales. Estas habilidades son más procedimentales que sustantivas. Su tarea se fundamenta más en hacer accesible las reglas de la razón y la argumentación que el contenido de tales reglas.

No sé... ¿Qué les parece a ustedes?

COMODIDAD CIVIL - Mayo 2007

Me van a permitir que en esta ocasión comience citando a uno de los filósofos españoles vivos más importante e interesante de nuestra época (sí, créanme, todavía hay filósofos vivos, por más que la mayoría de mis colegas se empeñen en hablar sólo de los ya desaparecidos). Hoy citaré a José Antonio Marina. Dice el profesor Marina que “nuestra búsqueda de la felicidad es con frecuencia desgarradora, porque estamos movidos por dos deseos contradictorios: el bienestar y la superación. Necesitamos estar cómodos y necesitamos crear algo de lo que nos sintamos orgullosos, y por lo que nos sintamos reconocidos”. Por mi parte, nada que objetar. Pero ese primer deseo que menciona Marina me hace pensar. Y me hace pensar precisamente que tal vez esa sea la explicación para la desidia, dejadez, despreocupación,… (añádase lo que se estime oportuno) que caracteriza a la sociedad de nuestro tiempo.
Reconozcámoslo: en el fondo lo que nos priva es que nos den las cosas hechas. Todos somos maestros en el arte de “lo que habría que hacer”, pero ninguno (venga…, algunos sí, pero pocos) damos los pasos necesarios para hacerlo. Es más, siempre hablamos de “lo que tendrían que hacer”, y siempre son otros los tendrían que hacer algo, mientras nosotros esperamos a ver si lo hacen y lo hacen bien.
“Total, para lo que va a servir…” es el consabido lema con el que disfrazamos de sabiduría esta actitud que no es más que ignorancia. Damos por sentado que nada de lo que podamos hacer nosotros por mejorar ayudará a construir un mundo mejor. Y como este prejuicio nos contamina a todos, nadie hace nada (es una exageración), el mundo “está como está” y así nos va. Llevamos a la sociedad por el camino equivocado a la vez que no nos cansamos de repetir: “Pero, ¡¿a dónde iremos a parar?!”.
Ejemplos, sobran: no presentamos reclamaciones cuando vemos atropellados nuestros derechos, y esperamos que esa situación se arregle sola; no participamos en las asociaciones ciudadanas, y confiamos en que las cosas nos caigan del cielo (sean fiestas, procesiones, clubes de lectura o grupos de baile…); no tomamos parte activa, en fin, en la llamada Sociedad Civil (o sea, la tropa de a pie: ustedes y yo), pero esperamos que la Sociedad Civil sea el “no va más” de la actividad…
Yo creo que contamos en la actualidad con una cantidad suficiente de opciones para intentar conseguir aquello que creemos que nos merecemos o que pensamos que es justo. Y se acerca ahora una ocasión única para comprobar lo que digo.
Este mes deberemos elegir a quienes regirán los destinos de nuestro ayuntamiento durante los próximos cuatro años. Muchos de ustedes puede que tengan claro el sentido de su voto, pero también tengo la seguridad de que gran parte del electorado parte de la premisa de que “todos los políticos son iguales” y, por tanto, tanto dará a quién vote pues será siempre “el mismo perro con distinto collar”. Conclusión: a abstenerse tocan. Pues permítanme la rudeza, pero se trata de la máxima expresión de ignorancia democrática. Porque su abstención contribuirá a que efectivamente todo siga siendo como es, en lugar de ser como debe ser. Su abstención contribuirá a perpetuar ese estado de cosas que usted critica. Recordando lo que decía el profesor Marina, su abstención es la comodidad. La valentía está en dar el paso de participar para que cambie lo que tiene que cambiar, si es que algo tiene que cambiar. Y si usted se equivoca, dentro de cuatro años tendrá ocasión de volver a poner sobre la mesa (electoral) su opinión. Y cuando todos hagamos lo mismo, las cosas se parecerán más a lo que deben ser que a lo que son (si es que no son ya como deben ser…).
Julio González
Licenciado en Filosofía. Filósofo Asesor
Betanzos, mayo de 2007

VACACIONES Y ¿DESCANSO? - Agosto 2006

Queridos todos:
Al fin llegaron. Once meses esperándolas y ya están aquí las tan deseadas vacaciones. Ahora me toca descansar, disfrutar y ser feliz… Me lo merezco. He pasado el último año sometido a la maldición bíblica del trabajo, a esa ocupación inevitable y desagradable de la que hay que liberarse a la menor ocasión.
Pero ahora estoy de vacaciones. ¡Ay, de vacaciones! Casi ni me lo creo. Aprovecharé para hacer todo aquello que no puedo hacer el resto del año, secuestrado como estoy por mis obligaciones laborales.
Empezaré por poner en orden mi casa: limpieza general, repintado de paredes,… Habrá que arreglar esos pequeños desperfectos que el uso cotidiano va ocasionando en nuestro hogar. Sí, sin duda. Empezaré por esto y me dedicaré concienzudamente a ello durante la primera semana de vacaciones, porque después tengo ya reservado un viaje por Estados Unidos. Interesantísimo. Recorreré todo el país en dos semanas. Cada día visitaré una ciudad distinta. De acuerdo que así, a primera vista, parece un poco apurado y agotador. Pero hay que aprovechar el tiempo de vacaciones. Ya me relajaré cuando vuelva. Entonces será el momento de ir a la playa, salir con los amigos, descansar… Me encanta esta última semana porque cada día voy a una playa distinta. Yo no soy de los que van siempre a la misma. No. Yo hoy voy a la de aquí, mañana voy a aquella otra que me han dicho que es una gozada. Al día siguiente a la de más allá que es preciosa… En fin, no todo va a ser conocer otros países. Habrá que conocer también el nuestro.
Tras la playa, ducha, cena y copas. Acostarse tarde. Sin prisas. Sin agobios. Sin obligaciones. Como no hay que madrugar, me levantaré al día siguiente cuando el cuerpo me lo pida y saldré en dirección al paraíso natural que me toque disfrutar ese día. Así hasta que se agote mi paréntesis anual de ocio.
Claro que yo ya habré estado dos semanas deseando que todo volviera a la normalidad de una vez, que pensaré y diré, como todos los años, que “ahora me hacía falta otra semana para descansar de las vacaciones”, que tendré que superar el “síndrome post-vacacional”, que hubiera descansado más si no las hubiera tenido. Pero bueno, que me quiten lo bailado.
¿Y qué habré hecho? ¿Para qué habrá servido este período vacacional? Sé que todo cuando hago, sea trabajar o descansar, es una ocasión propicia para encontrarme conmigo mismo, hacer aquello que realmente me gusta, sentirme pleno y transformarme en una mejor persona. Pero yo no habré empleado mis vacaciones en ello. Tal vez deba replanteármelas. Deberían ser un tiempo privilegiado para la libertad personal, la iniciativa y la creatividad. No sólo una evasión, un descanso o una compensación, sino que, vividas activa y densamente, han de constituir un motor de plenitud gratificante, una ocasión esplendorosa de relaciones interpersonales, sin prisas, sin agobios ni urgencias. Un tiempo para que emerjan potencias y posibilidades dormidas en nosotros y desconocidas para nosotros mismos, para descubrir qué y quiénes somos, para ser nosotros mismos.
Por eso estoy pensando que este año mis vacaciones las dedicaré a lo que yo quiera. No pienso permitir que nadie me diga lo que debo hacer en vacaciones. Me he pasado estos últimos once meses cumpliendo las obligaciones impuestas por la necesidad de trabajar para vivir. Ahora me toca a mí. Hasta dentro de otros once meses no volveré a disponer de tanto tiempo sólo para mí. Por eso pienso ser feliz haciendo lo que me gusta y me hace sentir mejor. Y me gustaría que vosotros también lo fuerais.

Julio González
Betanzos, agosto de 2006

ESTO SÍ, ESTO NO... ES HORA DE DECIDIRSE - Junio 2006

Todos nosotros, en un momento u otro a lo largo de nuestra vida, nos hemos visto obligados a decidir entre hacer algo o no hacerlo, entre hacer esto o hacer lo otro,… y hemos tenido la sensación de que, fuera cual fuese la decisión adoptada, nos íbamos a arrepentir de no haber optado por otra. Lo que ocurre en estos casos es que cada opción prioriza un principio ético sobre otros, e incluso a costa de otros, y nosotros no estamos por la labor de renunciar a ninguno de ellos. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué criterio debo seguir? ¿Cómo tomar una decisión “ética”?
No existe un único criterio que garantice que la decisión que tomemos sea ética frente a otras que no lo serían. No. Lo que sí es posible es examinar la decisión a tomar desde una pluralidad de perspectivas, lo que, sin duda, nos proporcionará un mapa de la circunstancia en que nos encontramos que nos ayudará a decidirnos por una u otra opción.
Pero dejémonos de monsergas teóricas. Imagine que debe hacer una de estas elecciones complicadas e intente examinar la situación desde las siguientes perspectivas, respondiendo a las cuestiones correspondientes:
Los “otros”: ¿Qué decidiría en este asunto la mayoría de la gente de mi entorno? ¿Qué decisión satisfaría a todos los miembros de mi entorno en este asunto? ¿Qué decisión adoptaría tras un diálogo sincero, argumentativo, imparcial, simétrico con otros? ¿Cómo afectará mi decisión a mi relación con las personas que son importantes para mí? ¿Qué decisiones se tomaron en circunstancias similares en el pasado, y con qué resultado? ¿Qué querría yo que hiciesen otros en mi situación?
La virtud y el deber: ¿Qué haría una buena persona en esta situación? ¿Cuáles son los principios del deber implicados en la misma (por ejemplo: no mentir, no robar, respetar al prójimo,…)? ¿Es mi decisión compasiva (en el sentido de “padecer-con” otros) y refleja mi naturaleza bondadosa? ¿Qué dicen mi Iglesia o mis creencias religiosas que debo hacer?
Resultados de mi decisión: ¿Qué decisión reportará la mayor felicidad al mayor número de personas? ¿Qué consecuencias a corto y largo plazo acarreará mi decisión? ¿A quién perjudica y a quién beneficia y en qué mi decisión? ¿Ayudará mi decisión a los individuos que me rodean, o a mi comunidad, a mejorar, a crecer personalmente, a progresar?
Justicia de mi decisión: ¿Qué decisión tomaría si desconociese qué intereses personales míos subyacen en la situación?
Mi propia existencia: ¿Es la decisión tomada “auténtica”, esto es, sincera hacia mí mismo, mis valores, creencias y principios?
Una vez hecho esto, probablemente usted no tenga todavía claro qué decisión tomar. Pero, si ha sido sincero, habrá ganado altura moral y tendrá en su mano nuevas herramientas para resolver su dilema. Y, de paso y sin saberlo, habrá estado dialogando con algunos de los más grandes filósofos de la historia: Aristóteles, Kant, Benthan, Stuart Mill, Habermas, Rawls,…

Julio González
Betanzos, junio de 2006

QUE NO SEA UNO MÁS - Enero 2006

Como siempre, ante el inicio de otro año, nos hemos cargado de buenos y nuevos propósitos. Como siempre, dejaremos de fumar. Como siempre, perderemos esos kilillos que nos sobran. Como siempre, abandonaremos la vida sedentaria, aderezándola con un poco de ejercicio diario. Como siempre, dedicaremos más tiempo a nuestra familia y amigos. Como siempre, dejaremos de ser indiferentes ante las injusticias,… Y, como siempre, todos estos propósitos, decisiones, promesas,… terminarán siendo eso: propósitos y promesas que serán renovados cuando el presente año se acerque a su fin dejando paso a uno nuevo.
Este hecho no reviste mayor importancia, e incluso resultaría gracioso si no fuera porque es síntoma de la inconsciencia con la que manejamos nuestras vidas los seres humanos: dedicamos más tiempo a mirar un mueble con el que pretendemos decorar nuestro salón que a examinar nuestra propia vida.
Por eso me atrevo a proponer una pequeña receta para que esta situación, convertida ya en hábito, dé paso a la toma de control de nuestras propias vidas por parte de cada uno de nosotros. Y esta receta tiene tres ingredientes fundamentales: serenidad, valor y sabiduría.
Serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar. Porque hay cosas en nuestra vida que no dependen de nosotros. Son las cosas “que nos pasan”. Una enfermedad, la muerte de algún ser querido, etc., son hechos que ocurren sin que nosotros podamos intervenir para impedirlos. Saber esto, y, lo que todavía es más importante, saber aceptarlo, es el primer paso para que seamos nosotros mismos, y no las circunstancias, los que manejemos nuestra vida con plena conciencia. No hablamos de resignación ni de conformismo, ya que para éstos nada depende de nosotros. Hablamos de aceptación valiente, de amor por la vida.
Valor para cambiar aquellas cosas que sí dependen de nosotros. Porque nuestra vida nadie nos la da hecha, sino que tenemos que irla proyectando y levantando día a día, haciendo elecciones, tomando decisiones y actuando en consecuencia. Y esas elecciones, decisiones y actos deben ser “nuestros”, es decir, deben ser la máxima expresión de nuestro auténtico ser. ¿Permitiríamos que el gobierno de la nación nos dijera qué coche debemos comprar cada uno de nosotros? No, ¿verdad?. Entonces, ¿por qué permitimos que gobiernos, iglesias, elites socio-económicas o cualquier otro que no sea “yo” me diga qué debo hacer con mi vida, lo que está bien y lo que está mal?
Sabiduría para distinguir unas de otras, para no empecinarnos en modificar aquello sobre lo que no tenemos poder (lo que conduce a la desesperación), pero también para no paralizarnos no intentando cambiar aquello que nos desagrada en nuestra vida (lo que conduce a la esclavitud).
Cuando hayamos examinado nuestras vidas desde la serenidad, el valor y la sabiduría, habremos conseguido el viejo ideal que alumbró la Filosofía en sus orígenes: ser maestros en el arte de vivir. Y entonces será el momento de proyectar, prometer, proponerse y conseguir del nuevo año que no sea uno más.

Julio González
Betanzos, enero 2006